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MI PRIMER APOSTOLADO EN TOKIO
Cuando vi que ya me iba soltando en la lengua me decidí a emprender por mí mismo algún ministerio concreto. No sabía por dónde abrir brecha, cuando la Divina Providencia me puso en un camino que tan sólo tuve que seguir. Un día las Religiosas de una comunidad de Tokio al pasar, no recuerdo con que motivo, por su convento, me abordaron:-Padre, queremos consagrar la Casa al Sagrado Corazón de Jesús y no encontramos ningún sacerdote que tenga tiempo.-No se preocupen, yo mismo lo haré. Se les abrió el cielo.-Cuándo quiere? Si le parece, enseguida...-Déjenme que prepare una consagración en japonés y ya fijaremos la fecha más adelante. En efecto.
Pasaron unos cuantos días y con mi consagración y mi platiquita de dos o tres páginas me presenté en el convento a la hora prefijada de antemano con la Madre Superiora. Fue una ceremonia sencilla, breve y con todas esas delicadezas que las religiosas tienen para matizar su trato con el Señor. Aquello fue una idea para mí. Mientras siguiese en Tokio podría dedicarme a consagrar familias al Sagrado Corazón de Jesús, con lo que sin roturar un campo nuevo, para lo que me sentía sin japonés suficiente, podía cimentar más hondo lo que otros habían edificado anteriormente. Sin las dificultades de romper por lo que es nuevo, tenla las ventajas de asegurar lo que es antiguo. Nunca me arrepentiré de ello. Empezando por las familias conocidas y continuando por los que de un modo o de otro se fueron poniendo en contacto conmigo, llegaron a más de cien los hogares oficiales consagrados al Sagrado Corazón de Jesús.
LAS MARAVILLAS DE LA GRACIA
No faltó ninguna de las maravillas que el Señor, por medio de sus confidentes ha prometido a cuantos se le consagren en el recinto sagrado de la familia. Cuántas veces pude palpar la gracia de la conversión en aquellos breves momentos de una entrega que había de perdurar. Con frecuencia al pisar descalzo los tatamis de las casas a las que iba para la consagración, me encontraba con caras hoscas que denotaban resistencia. Eran las familias en las que los padres, tal vez la madre viuda, eran católicos. Entre los hijos había aquella división que Cristo vino a poner sobre la tierra aun dentro de los más cerrados grados de parentesco. Algunos hijos católicos y los otros budistas, sintoístas o indiferentes. Era natural que aquella ceremonia de sabor netamente cristiano tuviese que inspirar no recelo sino repugnancia, a los miembros de la familia que pertenecían a distinto credo. Pero cuando en el silencio de una fe profunda que quería darse, empezábamos a rezar las palabras sencillas, generosas y sugestivas de la consagración, cuando la emoción de los católicos se devoraba en unas lágrimas furtivas o en un llanto franco y sin reservas, los indiferentes de aquel mundillo en síntesis sentían que, sobre la conmoción natural de aquellos sentimientos nuevos, barrenaba la gracia con todo el empuje sobrenatural de lo que es divino. Paganos fervorosos pero equivocados, protestantes clavados como la esquirla de hueso roto en familias católicas, incrédulos que habían perdido la fe en sus falsos dioses, fueron sintiendo que la promesa bendecidora de Dios -no menos real porque ellos la ignorasen- era más poderosa que su obstinación o que su ignorancia. De espectadores pasivos que contemplaban lo que no podían huir, pasaban muchos de ellos a fervientes catecúmenos como promesa cierta de un próximo bautismo que los hiciese católicos
LAS PROMESAS DEL CORAZÓN DE JESÚS.
Otro caso de la eficacia suma de la consagración al Sagrado Corazón en el apostolado, me ocurrió al ponerme en contacto con una japonesa, madre de un niño y una niña, cuyo marido era el único no católico en la familia. Ellos eran fervientes cristianos. Él, un indiferente que permitía la fe de los suyos pero que la miraba con frialdad no exenta de desprecio. Un día vino a visitarme la mujer para pedirme que consagrase su casa al Sagrado Corazón. Quería que el Señor reinase plenamente en ella, no sólo santificando más y más a los ya creyentes, sino curando la ceguera del último miembro alejado de la verdad. Me presenta en el acto. ¿Qué más podía querer yo? Había consagrado ya tantos hogares en lo que constituye casi mi primera aventura apostólica japonesa...Se presentaba, con todo, una dificultad que debíamos solucionar, y un escollo que teníamos que sortear sin estrellarnos: la semi hostilidad con que el marido miraba un acto de culto, llamémosle público, dentro de su mismo hogar. Tuvimos pues, un Sôdan (reunión), en el que decidimos fijar la consagración para un momento en que tan sólo se encontrase la madre con los dos hijos. La cosa no resultó difícil. Hecho esto dejamos correr el tiempo hasta la fecha elegida. Cuando llegó, me presenté donde vivía la familia, llevando conmigo la fórmula japonesa que empleaba siempre para las consagraciones. Me salió a recibir la mujer. Esperaba verla contenta, como pedía la ceremonia que íbamos a tener a petición suya, pero me la encontré sumamente turbada porque había habido un fallo en sus cálculos.-Padre, -me dijo a bocajarro-, mi marido está en casa. Me dejó de una pieza. Todos nuestros preparativos parecía que iban a ser inútiles, ya que lo más probable es que no permitiese hacer la consagración.-¿Sería mejor dejarlo para otro día? -pregunté hecho un mar de dudas.-No, Padre, me parece que no, -me contestó-. Llevo ya mucho tiempo queriendo dar este paso y siempre ha habido alguna dificultad. Yo creo que lo mejor es hacerlo en una habitación en la que él no se encuentra y con el disimulo suficiente para que no se entere.-Como usted quiera, -le respondí-, usted tiene la última palabra.-Vamos a probar fortuna y que Dios nos ampare.
Entramos en una de las habitaciones. Pusimos un cuadro del Sagrado Corazón en una de las paredes y sin más solemnidad, porque no lo permitía el secreto del momento, nos arrodillamos ante él, los dos hijos, la madre y yo. Empecé a rezar. Frase a frase fui leyendo la consagración, haciéndolo despacio para que pudiese calar más hondo su profundo sentido. Aun no habíamos acabado, cuando de repente, de la manera más inopinada se descorrió él fusuma que separaba nuestra habitación de la contigua, y apareció en el marco de la puerta el amo de la casa, en una actitud que no parecía la suya. Al verle entrar me había quedado silencioso, y su mujer y sus dos hijos se habían asustado sin saber cuáles iban a ser las consecuencias de aquella interrupción. Nos miró un momento a los cuatro, y después, echándose a llorar como un niño, me dijo estas palabras:-Padre, quiero bautizarme. No habló más. No podía hacerlo. Estaba conmovidísimo por la gracia de Dios que había obrado sobre él de una manera que podíamos llamar milagrosa. Sus resistencias pasadas, su hostilidad, su indiferencia... todo había desaparecido al calor de aquel llamamiento espiritual. Era una prueba más de que el Corazón de Cristo cumple sus promesas de reinar en los hogares en que se le entroniza. Y era, además, el ejemplo convincente de lo que puede la oración combinada de la madre y de los hijos cuando todos alientan con el deseo íntimo y común de convertir al padre, el único miembro descarriado de la familia.
TAMBIÉN LOS MISIONEROS SE CONSAGRAN.
En aquella lucha misteriosa por la conquista de las almas, continuamente palpábamos nuestra impotencia humana. Sólo en Dios podríamos esperar. Por eso con fe redoblada, le consagramos nuestros afanes de siembra. Lo habíamos hecho mil veces individualmente, pero llegó un día en que para arrancar más fruto a las esquinosidades de nuestra vida pura, quisimos hacerlo todos reunidos. Con emoción nos arrodillamos todos los misioneros españoles ante una imagen del Corazón de Cristo. Allí, recordando sus promesas de bendición y sus ansias de amor correspondido, fuimos deshojando nuestra plegaria con entera confianza en su bondad. Aunamos en nuestra consagración lo más profundo de su teología de entrega y lo más íntimo de su sentido personal. En nombre de todos, con voz reposada y serena, el P... leyó las siguientes palabras:-Consagración de la Misión de Yamaguchi al Sacratísimo Corazón de Jesús. ¡Señor: aquí nos tienes postrados a tus pies, en el mismo lugar que Javier, con el corazón despedazado pero lleno de confianza, también se postrara!
¡Señor: queremos que desde hoy, esta incipiente misión sea de un modo especial la Misión de Tu Corazón! Por eso hoy, desde lo más intimo de nuestra alma, te la entregamos por completo. ¡Oh Rey eterno y Señor Universal! Tú que infirma mundi eligis ut confundas fortia, aquí tienes a los más débiles de los misioneros tratando de conquistar para Ti esta región, cuyas dificultades hicieron encanecer al mismo Javier. Convencidos de la inutilidad de todos los medios humanos y sintiendo la escasa eficacia de los métodos ordinarios de apostolado en este país que Tú quieres encomendarnos, no encontramos más recursos que tus promesas. Confiamos, Señor, ciegamente en tu palabra: "A los que propaguen la devoción a mi Corazón, daré eficacia extraordinaria en sus trabajos". Y puesto que necesitamos esa fuerza extraordinaria, te prometemos hoy ser verdaderos apóstoles de tu Corazón, llevando una vida perfecta de amor y reparación. concédenos Señor, la gracia de que desapareciendo nosotros por completo, esta misión sea pronto el argumento fehaciente de la realidad y eficacia de tus promesas. Nosotros, en cambio, ante la Divina Majestad, por medio de la Inmaculada Virgen María, del Santo Patriarca San José, de nuestro padre San Ignacio, del primer Misionero de Yamaguchi, San Francisco Javier y de todos los Santos Apóstoles y Mártires del Japón, te prometemos con tu favor y ayuda consumir todas nuestras energías y nuestras vidas por este único ideal: que todas las almas que Tú nos has encomendado y todo el mundo conozcan las riquezas insondables de Tu Corazón y se abrasen en tu amor. Y Dios nos oyó. Lo hizo -hoy vemos lo que entonces con fe íntima creíamos-, viniendo a nosotros por unos caminos incomprensibles para nuestra inteligencia humana; victima de su inmensa limitación. Quería Él que nuestra Misión naciente fuese como el grano de mostaza que empieza ya a crecer; pero para esto, como un recuerdo de su Pasión sangrienta, quiso que su Providencia amorosa y redentora fuese acampanada por nuestras decepciones, nuestros sufrimientos y nuestros temores. Quiso probar nuestra fe, como lo hizo con Pedro cuando caminaba sobre las aguas. Y para eso, antes del resplandor glorioso de la era que ya apunta, quiso hacernos pasar por una noche negra, como su "noche triste" y por un abandono total de parte de los hombres. La réplica externa a nuestra consagración fue la cárcel para mí y el destierro para el Padre González Gil. Y sin embargo, aquello que aparentemente era un retroceso en el campo de nuestras posibilidades apostólicas, no era más que el fin de un período duro que ya estaba abocando en el principio de una etapa más fácil y más llena de conversiones: la que hoy vivimos. Hoy se nos permite hablar de Cristo sin injerencias extrañas ni sospechas infundadas."Señor, tus juicios no son nuestros juicios, ni tus caminos son nuestros caminos..."
(TOMADO DE LA REVISTA MENSAJERO DEL CORAZÓN DE JESUS)
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